La montaña nunca regala nada.
La montaña no facilita el trabajo.
Lo hace más exigente.
Cultivar en estas condiciones significa aceptar que cada brotación, cada maduración y cada vendimia seguirán un ritmo diferente.
Aquí no manda el calendario.
Aquí manda la naturaleza.
Nuestra responsabilidad consiste en observar, interpretar y esperar.
Porque un viñedo de montaña no se distingue por su tamaño. Se distingue por la autenticidad con la que expresa el lugar del que procede.